miércoles, 21 de octubre de 2009
FRAGMENTO DE LA OBRA
Quiero explicarle por si no lo sabe, por si no es de aquí, que cuando a Medellín le da por llover es como cuando le da por matar: sin términos medios, con todas las de la ley y a conciencia. Es que aquí no se puede dejar vivo al muerto porque entonces a uno lo quedan conociendo y después el muerto es uno, cosa grave para uno en particular pero alivio para los demás en general. Por eso los que caen a la "policlínica" , el pabellón de urgencias del Hospital San Vicente de Paúl, nuestro hospital de guerra, es a que les cosan el corazón. El cielo que nos mira desde arriba vive tan enojado como los cristianos de abajo, y cuando se suelta este loco a llover es a llover, con una demencia desbordada. Arroyos torentosos empezaron a saltar por las escaleras de cemento como cabras locas desbalagadas y a confluir en ríos por las desbarrancadas calles. Me hice a un lado para que el río-tromba que bajaba atronando, atrabancado, atropellando, pasara y no me llevara. Íbamos para el mismo lado, para abajo, pero yo sin tanta prisa. Y mientras el loco frenético de arriba se despanzurraba de la ira, nadie en las desiertas calles de las comunas. Ni un alma, ni un asesino. Y ni un alero tampoco para guarecerme en tantas casas miserables, mezquinas, construidas con el egoísmo del sálvese quien pueda. Añoré mi viejo barrio de Boston donde nací, de nobles casas con alero para que cuando lloviera nos escampáramos los parroquianos que íbamos a misa.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario