sábado, 24 de abril de 2010

EN EL NOMBRE DEL QUIJOTE

Se asemeja a un muñeco de trapo
este viejo Quijote triste y flaco
de ojos hundidos,
este Quijote loco
que se ha batido
contra los molinos de viento.

Antes de morir supo reconocer
la causa de su delirio,
este Quijote antiguo
de carnes ligeras, aún vigente.


Lo he visto en forma de escultura
al lado de Sancho Panza,
en la mesa de la sala de la casa
de alguien.
Lo he visto también en su caballo,
en una pared al lado de una avenida,
en un documental emitido en abril
y sobre la pizarra de la escuela primaria,
el día en que la maestra lo dibujó.
He escuchado decir, desde siempre,
que él era grande este Quijote,
y me he preguntado:
¿ a dónde lleva su camino
trazado por sus huellas prolongadas
en el suelo duro, rojo y ocre?

Veo Quijotes modernos
que galopan durante largo tiempo
y escucho nombres
que no provienen siempre de Castilla,
nombres que tililan y que explotan
como estrellas y fuegos artificiales
lanzados al espacio frente al mar.

Son Quijotes de eglantina
escarlata, púrpura y carmín
que cristalizan lágrimas
en los cinco continentes;
grandes Quijotes soberanos
salidos de guarniciones bohemias
y emparentados con viajeros errantes
que nunca se cansan;
Don Quijotes de gloria
con los brazos abiertos,
cubiertos con una fina capa de amor
y de piedad,
de sonrisas de ternura magnánima,
como las del Niño Jesus y Santa Claus.

Y son muchos estos Quijotes de Quijotes,
espíritus eternos, ciudadanos sin arrepentimientos
de esta inmensa Mancha confusa, revuelta y extraviada
que todos nosotros habitamos.


Vercin

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