sábado, 24 de abril de 2010

MEIRA

Meira,
recuerdo tus ojos,
pues una vez los vi,
aquel día
en la biblioteca que lleva tu nombre,
ese refugio de silencio, de aire acondicionado,
de libros, de computadores,
que tu salvaste de las garras obsesivas
del delirio neoliberal.
Tu cabellera era de un negro brillante
y llevabas un vestido ligero
para soportar el calor,
ya he olvidado su color,
más no el de tus ojos,
obscuros, casi extintos, libaneses.
Sería más tarde que yo leería
tus versos con paciencia
para encontrar en ellos
el silbido del ruiseñor
que oías sentada en la terraza,
y yo soñaría con un mar feo y gris
que ya conocía, el tuyo y el mío,
cuyas aguas se tragaban lentamente
al sol rojizo de estos trópicos ásperos,
alegres y tristes donde tú naciste,
poetisa maestra de la nostalgia,
de palabras sutiles
y del amor pesado que partió
hacia las lágrimas que se alojaron
en tu corazón marino y arenoso.
Donde quiera que estés tú continúas amando
y dibujando olas
en tu memoria de playas y de espejos quebrados
de melancolía íntima, eterna, sedienta y frágil,
de sentimientos acariciados
por la corriente fresca de los alizios de diciembre,
de enero, de febrero y de marzo.



Vercin

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