Comenzó a hacer más frío y fuimos hasta el auto a buscar las chaquetas. Entre nosotros dos flotaba un tufillo melancólico. Indefinido y gris, pero melancólico. Era inevitable. Tratamos de olvidarlo bailando, hablando con algunos amigos, riéndonos, pero sobre nosotros volaba -silencioso- el ángel de la tristeza. Nos pusimos las chaquetas, cerramos el auto y regresamos por un sendero en el bosque. Había mucho silencio y tranquilidad. De pronto Agneta me tomó de la mano, la apretó fuerte y me detuvo. Mirándome a los ojos me dijo:
-No te vayas.
-¿Qué tú dices?
-Que no regreses.
-Ah, Agnes, tú no sabes lo que dices.
-Podemos casarnos. Mañana.
--No, no, no. Ni lo sueñes.
-Ehhh..., de ese modo ya estarías legal. Te dan la ciudadanía.
-Te dije que no.
-¿Por qué no?
-Eso no está en mis planes.
-No tienes planes. No te gusta planear ni esperar nada.
-No compliques las cosas. No quiero vivir aquí.
-¿Por el idioma?
-Por todo.
-¿Por mí también?
Y se le salieron las lágrimas.
-Ey, un momento. Nada de llanto ni lagrimitas ni drama. Las cuentas están claras entre nosotros, así que nada de caprichos.
-Habla más despacio, por favor. No entiendo.
-Que no llores. Nada de lágrimas.
-¡Eres un animal y un...!
-¿Un qué?
-Un estúpido. ¡Eres un estúpido!
Habíamos alzado la voz. Me soltó de la mano y salió hacia la pista de baile. Fui detrás de ella. Lentamente. Y con la mente en blanco. Yo lo tenía todo claro desde el principio. ¿Quedarme en Suecia? ¡Ni a jodía! Entonces se me alumbró un bombillito. Me le acerqué:
-Vámonos a Cuba.
-Ya lo he pensado. Es imposible.
-¿Por qué imposible?
-No tendría trabajo. Aquí sería bueno para los dos.
-Aquí no me puedo quedar porque me muero como un pajarito en una jaula.
Estuvimos en un rato en silencio. Uno junto al otro. La orquesta tocaba un son.
-Mejor no hablamos más de este asunto, Agnes. No merece la pena.
-Bien.
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